Es una vasija con cuerpo de ave, cuello largo y un asa que une la cabeza con la espalda. Está pintada con líneas rojas, blancas y negras en zigzag. Y es, probablemente, el objeto precolombino más reconocible de Chile después del moái.
Se llama jarro pato. Y es la firma de un pueblo que también estuvo dado por desaparecido.

Los valles transversales
Los diaguitas chilenos habitaron los valles que cruzan el Norte Chico de cordillera a mar: Copiapó, Huasco, Elqui, Limarí, Choapa.
Esa geografía explica casi todo. Son valles angostos, verdes, encajonados entre cerros pelados, con agua que baja de la montaña. Cada valle es un mundo cerrado, y a la vez un corredor natural entre el altiplano y el océano.
Ahí desarrollaron agricultura de riego, ganadería de llamas, metalurgia y una alfarería que no se parece a la de sus vecinos.
Por qué la cerámica importa tanto
Cuando un pueblo no dejó escritura ni monumentos, sus objetos son el documento.
La cerámica diaguita es de una precisión geométrica poco común: bandas paralelas, triángulos escalonados, rombos, líneas quebradas que se repiten con una regularidad casi matemática. Los colores son tres —rojo, blanco y negro— y siempre están en la misma familia.
Esa disciplina permitió a los arqueólogos ordenar siglos de historia. Las variaciones de estilo funcionan como un reloj: por la forma de las líneas se puede saber si una pieza es anterior o posterior a la llegada del imperio inca al valle.
El jarro pato
Entre todas las formas, una se volvió emblema.
El jarro pato tiene el cuerpo redondeado como un ave flotando, un extremo levantado que hace de cabeza y cuello, y un asa que conecta esa cabeza con el cuerpo. Se usaba para servir líquidos, probablemente en contextos rituales y de convivencia.
Nadie sabe con certeza por qué un pato. En los valles del Norte Chico hay lagunas y humedales costeros donde las aves acuáticas son abundantes, y en el mundo andino los animales del agua se asocian a la fertilidad y a la abundancia.
Hoy la silueta del jarro pato aparece en logos municipales, en artesanía, en señalética turística y en la marca de la región de Coquimbo. Sobrevivió al pueblo que lo hizo, y después el pueblo volvió.
Reconocidos en 2006
Como los changos, los diaguitas habían sido dados por desaparecidos. La versión oficial decía que se habían diluido durante la Colonia, mezclados en la población campesina de los valles.
Pero en el Huasco Alto, sobre todo en Alto del Carmen y entre las familias del sector de los Huascoaltinos, la memoria nunca se cortó del todo.
El 28 de agosto de 2006 se promulgó la Ley 20.117, que reconoce la existencia del pueblo diaguita y la calidad de indígena diaguita. Fueron el noveno pueblo reconocido por el Estado chileno.
Y otra vez, como con los changos y como con los selk’nam, la ley no creó nada: solo admitió lo que ya estaba.
Dónde verlos
La mejor colección está en el Museo Arqueológico de La Serena, que tiene además piezas diaguitas de todos los periodos, ordenadas para que se entienda esa evolución del estilo.
Y si vas al valle del Elqui o al del Huasco, conviene mirar los cerros con otra cabeza. Cada terraza de cultivo que se ve en la ladera es una idea que alguien tuvo hace mil años, y que todavía funciona.




