En toda Oceanía, un territorio de miles de islas y cientos de pueblos, apareció un solo sistema de escritura. Fue en Rapa Nui. Y nadie lo sabe leer.
Se llama rongorongo. Quedan menos de treinta piezas en el mundo. Ninguna está en la isla.

Qué es
Son tablillas de madera, y también algún bastón y objetos ceremoniales, cubiertos de signos tallados en surcos paralelos.
Los signos son figurativos y reconocibles: siluetas humanas, aves, peces, plantas, formas geométricas. Están grabados con una precisión notable, probablemente con dientes de tiburón o con obsidiana afilada.
Y se leen de una manera que no existe en ningún otro sistema del mundo.
Bustrófedon inverso
Se empieza abajo, en el extremo izquierdo. Se avanza de izquierda a derecha hasta el final de la línea.
Y entonces hay que girar la tablilla 180 grados para leer la línea siguiente.
Eso significa que en la tablilla quieta, una línea aparece derecha y la siguiente aparece de cabeza. Quien leía iba dando vueltas al objeto en las manos, línea por línea, como si estuviera girando una manivela.
El sistema se llama bustrófedon inverso. Y ese solo detalle ya dice algo importante: quien inventó esto no copió nada. Lo resolvió por su cuenta.

Por qué nadie lo puede leer
El problema no es la falta de inteligencia. Es la falta de dos cosas que sí tuvieron los que descifraron los jeroglíficos egipcios o el maya.
Falta corpus. Los egipcios dejaron templos enteros escritos. Del rongorongo quedan menos de treinta objetos, y varios están dañados o quemados. Es demasiado poco material para encontrar patrones estadísticos confiables.
Falta una piedra de Rosetta. No existe un texto bilingüe que diga lo mismo en rongorongo y en un idioma conocido.
Y falta algo peor: se cortó la cadena humana. En 1862 y 1863, expediciones esclavistas peruanas secuestraron a cerca de un tercio de la población de Rapa Nui, y se llevaron con preferencia a la élite: al ariki, a los sacerdotes, a los maori rongorongo, que eran precisamente los especialistas que sabían recitar las tablillas.
Casi ninguno volvió. Los que regresaron traían viruela y tuberculosis.
Cuando los misioneros empezaron a preguntar, unos años más tarde, ya no quedaba nadie que lo supiera de verdad.
Los intentos
Desde fines del siglo XIX se ha probado casi todo: que es silábico, que registra genealogías, que es un calendario lunar, que no es escritura completa sino un apoyo mnemotécnico para recitar textos que había que saber de memoria.
En los años cincuenta, Thomas Barthel elaboró el catálogo sistemático de signos que ordenó el corpus y que todavía se usa. Ordenar no es leer, pero fue el paso indispensable.
Hay avances parciales. Se identificó, por ejemplo, una secuencia que parece corresponder a un calendario lunar. Nada más se ha establecido con solidez.
El hallazgo que cambió la pregunta
Durante décadas circuló una hipótesis incómoda: que el rongorongo no era anterior a los europeos, sino una imitación posterior. Que los rapanui habrían visto documentos escritos en 1770, cuando una expedición española hizo firmar a los jefes de la isla un acta de anexión, y que a partir de ahí habrían inventado su propio sistema.
Un estudio reciente le pegó un golpe fuerte a esa idea.
Se dató por radiocarbono la madera de una de las tablillas —la conocida como Échancrée— y el resultado la sitúa entre 1493 y 1509. Más de dos siglos antes de que el primer europeo, Jacob Roggeveen, avistara la isla en 1722.
Conviene ser preciso: lo que se fechó es la madera, no la talla. Un tallador pudo haber usado siglos después una tabla vieja. Pero el resultado obliga a tomar en serio la posibilidad de que el rongorongo sea un invento rapanui independiente.
Si lo es, significa que la escritura se inventó de manera autónoma en Rapa Nui, como se inventó en Mesopotamia, en China y en Mesoamérica. Serían cuatro o cinco veces en toda la historia humana. Y una de ellas habría ocurrido en territorio chileno.
Ninguna en la isla
Las piezas están repartidas en museos de Italia, Reino Unido, Alemania, Austria, Rusia, Estados Unidos y Chile continental.
En Rapa Nui, donde se inventaron, no hay ninguna.
Esa frase no necesita mucho comentario. Es la misma historia del Hombre de Cobre en Nueva York, de los moái en el Museo Británico y de tantas otras piezas: el objeto viajó y el pueblo que lo hizo se quedó mirando fotos.
Lo que queda pendiente
Hay menos de treinta tablillas y un idioma vivo, el rapanui, que se sigue hablando en la isla.
Es perfectamente posible que alguien, en algún momento, con más material o con nuevas herramientas de análisis, logre leerlas.
Y ese día vamos a saber qué le pareció importante escribir a un pueblo que vivía en el punto más aislado del planeta, con toda la madera y todo el tiempo del mundo, y que decidió tallarlo para que durara.



