Los yaganes vivían al lado de los selk’nam, en el mismo fin del mundo, y también tenían una ceremonia para convertir a los niños en adultos. Con una diferencia que lo cambia todo: entraban hombres y mujeres.
Se llamaba chiexaus. Y compararla con el Hain selk’nam dice más sobre los dos pueblos que estudiarlos por separado.

Quiénes eran los yaganes
Los yaganes o yámanas fueron el pueblo más austral del planeta. Habitaron el archipiélago al sur de Tierra del Fuego: el canal Beagle, la isla Navarino, las islas Wollaston, hasta el cabo de Hornos.
Como los kawésqar, eran nómades del agua: vivían en canoa, se movían entre puntos de recursos y llevaban el fuego consigo.
Y como todo pueblo canoero, dependían de que cada persona supiera hacer de todo. Ahí empieza a entenderse la ceremonia.
El chiexaus
Se realizaba aproximadamente cada cinco años, cuando había suficientes jóvenes entrando en la pubertad y suficiente comida acumulada para sostener una reunión larga.
Se construía una choza especial que albergaba a los iniciados, a sus padrinos y a los adultos más experimentados de cada familia. La duración era variable: dependía del clima y de la comida.
A los iniciados se les pintaba el cuerpo con barro blanco y negro en la cara, las manos y los pies, mezclado con aceite de lobo marino. Llevaban adornos de plumas y bastones.
Adentro se cantaba, se los sometía a pruebas de resistencia y se les enseñaba. Un testimonio yagán recogido por los etnógrafos lo describió como «una escuela para civilizar»: se aprendían los deberes hacia los mayores, el servicio a los demás, cómo y cuándo recolectar, cómo comportarse.
Lo que no tenía
Acá está la comparación que vale la pena.
El Hain selk’nam se construía sobre un secreto y sobre el miedo: hombres pintados que salían del bosque haciéndose pasar por espíritus, para que las mujeres los temieran. Su mito de origen justificaba el dominio masculino con una matanza.
El chiexaus no funcionaba así. Era una ceremonia mixta: niños y niñas pasaban por la misma iniciación, en la misma choza, con las mismas pruebas y las mismas enseñanzas.
Eso no es un detalle folclórico. Es la traducción ceremonial de una forma de vida. En una canoa, la división rígida de tareas es un lujo que no existe: la mujer yagana remaba, buceaba por mariscos en agua helada —eran ellas quienes lo hacían— y mantenía el fuego. Nadie podía permitirse no saber.

El kina, la otra ceremonia
Los yaganes sí tenían además una ceremonia solo de hombres: el kina.
Para entrar al kina había que haber pasado antes por el chiexaus. Ahí el adiestramiento era específico: construcción de armas y utensilios, técnicas de caza, conocimientos reservados.
Y el kina sí se parece al Hain: mismos espíritus enmascarados, mismo relato de origen sobre un tiempo en que las mujeres mandaban y los hombres se rebelaron.
Eso indica que las dos ceremonias no son invenciones separadas: hay un fondo común compartido entre los pueblos de Tierra del Fuego, que cada uno resolvió a su manera.
La diferencia es el orden. Entre los selk’nam, la ceremonia masculina y secreta era la ceremonia. Entre los yaganes, primero venía la mixta —la que enseñaba a convivir— y después la masculina.
Cómo se apagó
El último chiexaus completo se realizó a comienzos del siglo XX. Después vinieron las misiones, las enfermedades, el traslado y la caída demográfica.
Lo que sabemos viene del trabajo de etnógrafos como Martin Gusinde y de los testimonios de las últimas personas criadas en ese mundo, recogidos ya en el siglo XX.
Lo que deja
Dos pueblos vecinos, en el mismo clima imposible, con recursos parecidos, llegaron a soluciones distintas para la misma pregunta: cómo se convierte un niño en adulto.
Uno lo resolvió con un secreto que separaba a hombres y mujeres. El otro, con una escuela donde entraban los dos.
No hay una sola manera de ser humano en el fin del mundo. Ese es, quizá, el mejor hallazgo de toda esta historia.




