Navegaban desnudos por uno de los lugares más fríos y lluviosos del planeta, en canoas de tablas cosidas. Y llevaban una fogata encendida adentro del bote.
No era una excentricidad. Era la diferencia entre vivir y morir.

Un pueblo del agua
Los kawésqar habitaron el laberinto de canales, fiordos e islas que va desde el golfo de Penas hasta el estrecho de Magallanes. Miles de kilómetros de costa recortada, sin caminos, sin llanuras, sin nada parecido a un territorio firme.
La literatura antigua los llamó alacalufes, un nombre que no es suyo y que hoy está en desuso. Ellos se llaman kawésqar: gente, ser humano.
Su vida no era en la tierra. Era en el agua. Se movían de manera permanente entre puntos de recursos, recolectando mariscos, cazando lobos marinos y aves, pescando. No fundaron aldeas porque no tenía sentido: el alimento estaba repartido y en movimiento, y había que ir a buscarlo.
La canoa
La embarcación era el centro de todo. Se hacía con tablas de madera —coigüe, ciprés— cosidas entre sí con fibras vegetales y calafateadas para que no entrara agua.
Adentro iba todo lo que una familia necesitaba: herramientas, canastos, cueros, agua, los niños, el perro.
Y el fuego.
El fuego que no se apagaba
En el fondo de la canoa se disponía una base de arena, arcilla y conchas. Sobre esa base ardía una fogata, y esa fogata no se dejaba morir.
La razón es brutal en su simpleza. En los canales patagónicos llueve más de trescientos días al año, la temperatura ronda los cinco grados y el viento no para. Encender fuego con madera empapada, con las manos entumidas y en una canoa que se mueve, es casi imposible.
Entonces no se encendía. Se mantenía.
El fuego era el bien más valioso de la familia, y viajaba con ella. Al llegar a un sitio, ese fuego pasaba a la choza. Al partir, volvía a la canoa.

Cómo aguantaban el frío
Esto desconcertó a todos los navegantes europeos que los vieron: andaban casi sin ropa.
La explicación es que su aislante no era textil, era grasa. Se cubrían el cuerpo con aceite de lobo marino, que impermeabiliza y retiene el calor mucho mejor que un cuero mojado. Un cuero empapado en ese clima enfría; la grasa no.
Sumado a eso, generaciones de adaptación fisiológica al frío y una dieta altísima en proteína y grasa marina.
De los fuegos que estos pueblos mantenían encendidos, vistos desde el mar por los primeros navegantes europeos en el siglo XVI, viene el nombre que quedó para toda la región: Tierra del Fuego.
El derrumbe
El contacto los destruyó rápido. Enfermedades para las que no tenían defensas, cacería de lobos marinos por parte de flotas foráneas que les quitó el alimento base, alcohol, y el traslado forzado a misiones.
De miles de personas quedaron decenas. Los últimos grupos nómades fueron concentrados en Puerto Edén, en la isla Wellington, donde hoy vive un puñado de descendientes.
La lengua kawésqar está en estado crítico, con muy pocos hablantes.

El parque
En 2019 se creó el Parque Nacional Kawésqar, que junto a la reserva nacional del mismo nombre protege una superficie enorme del territorio ancestral de este pueblo, en la región de Magallanes.
Que un parque nacional chileno lleve el nombre del pueblo que habitó ese territorio no es un detalle menor. Durante un siglo, la toponimia austral estuvo llena de apellidos de exploradores europeos.
Lo que enseña
Solemos medir el desarrollo de una cultura por lo que construye: templos, murallas, ciudades.
Los kawésqar no construyeron nada de eso, y resolvieron un problema que ninguna civilización monumental habría resuelto: vivir de manera permanente en el archipiélago más inhóspito del hemisferio sur, con una canoa, grasa de lobo y una fogata que nadie dejó apagar en miles de años.
Eso también es ingeniería.




