Cuando alguien muere en el mundo mapuche, su espíritu no se queda. Camina hacia el oeste, hasta la orilla del mar. Y ahí lo están esperando cuatro ancianas.
Las cuatro entran al agua y se convierten en ballenas. Cargan al muerto y cruzan con él hasta una isla que se ve desde la costa, allá donde el sol se mete al Pacífico.
Se llaman Trempulcahue. Y la isla existe.

El viaje
El relato es de una economía notable. No hay juicio, no hay castigo, no hay pesaje de culpas.
El am o püllü, el espíritu del difunto, se dirige hacia el poniente. En la costa lo esperan las cuatro. En algunas versiones son machis muy viejas; en otras, mujeres que cumplen ese oficio y solo ese.
Se transforman en ballenas y hacen la travesía. Al llegar, el espíritu queda en la isla y desde ahí se incorpora al wenu mapu, la tierra de arriba, donde están los antepasados.
El pago no es en dinero. En varias versiones, quien despide al muerto debe entregar algo a las Trempulcahue: llancas, piedras preciosas. Sin pago, el espíritu no cruza y queda vagando.
La regla
Hay una condición, y es la parte que hace de este mito algo que se cuenta en voz baja.
A las Trempulcahue no se las puede mirar mientras hacen su trabajo.
Quien las ve cruzar, se va con ellas.
Es una advertencia práctica —no mires el mar en ciertos momentos, no sigas a los muertos— y a la vez una definición precisa de qué es la muerte en esa cosmovisión: no un lugar, sino un viaje del que no se vuelve, y que no se puede acompañar.
Por qué el oeste
La orientación no es un detalle poético. Es estructural.
En el pensamiento mapuche, el este —el puel mapu, por donde sale el sol— es la dirección de la fuerza y de la vida. Las rukas miran hacia allá. El kultrún de la machi lo tiene marcado.
El oeste es lo contrario: el lafken mapu, hacia el mar, es la dirección por donde las cosas se van. El sol se mete ahí todas las tardes, y los muertos también.
Cualquiera que haya visto un atardecer en la costa de Arauco entiende de dónde sale la idea.
La isla que existe
Acá el mito toca el mapa.
La isla Mocha está frente a la costa de la provincia de Arauco, a unos 35 kilómetros mar adentro. Se ve desde tierra firme en los días despejados: una silueta larga y baja en el horizonte, exactamente donde se pone el sol.
Tiene unos cincuenta kilómetros cuadrados, un cordón de cerros al medio y bosque nativo. Hoy es Reserva Nacional, vive gente en ella y hay vuelos y lanchas desde Tirúa.
En la tradición mapuche, el lugar de la isla donde llegan las almas se llama Ngill chenmaywe.
Un dato que ordena la historia
La isla Mocha fue habitada por comunidades mapuche-lafkenche hasta el siglo XVII. En 1685, las autoridades coloniales españolas decidieron despoblarla por completo y trasladar a la fuerza a sus habitantes al continente, para impedir que sirviera de refugio y aguada a corsarios holandeses e ingleses.
Es decir: el lugar donde una cultura entera situaba el destino de sus muertos fue vaciado por decreto.
Y sin embargo el relato siguió. Las Trempulcahue siguieron cruzando en el mito mucho después de que la isla quedara sin gente.
Lo que queda
Hay mitologías que necesitan tomos enteros para explicar qué pasa después de la muerte.
El pueblo mapuche lo resolvió con cuatro ancianas, cuatro ballenas y una isla que se puede ver desde la playa.
Si alguna vez estás en la costa de Arauco al atardecer y distingues esa silueta baja en el horizonte, ya sabes qué estás mirando. Solo no te quedes mirando demasiado rato.




