El 16 de febrero de 2022, en Villa Ukika, murió una mujer de 93 años. Con ella se fue la última persona que había aprendido el yagán como lengua materna.
Se llamaba Cristina Calderón. Y llevaba casi veinte años sin tener con quién conversar en su propio idioma.

Abuela Cristina
Nació en 1928 en la isla Navarino, en el extremo sur de Chile, y creció hablando yagán. El castellano lo aprendió después, ya niña grande.
Vivió en Villa Ukika, a las afueras de Puerto Williams, el poblado que reunió a las últimas familias yaganas. Trabajó, crió hijos y nietos, tejió canastos.
Todos la conocían como la abuela Cristina.
En 2009 el Estado de Chile la reconoció como Tesoro Humano Vivo, la distinción para los portadores de patrimonio cultural inmaterial.
El silencio de 2003
Su hermana Úrsula murió en 2003. Hasta entonces, las dos conversaban en yagán.
Después de esa fecha, Cristina Calderón siguió sabiendo su idioma, pero ya no podía usarlo con nadie. Podía enseñarlo, grabarlo, escribirlo. No podía hablarlo.
Hay pocas formas más precisas de describir lo que significa la muerte de una lengua. No es que se olviden las palabras. Es que dejan de tener a quién ir dirigidas.
Lo que dejó grabado
Cristina Calderón no se resignó a llevárselo.
Junto a su nieta Cristina Zárraga trabajó años en registrar la lengua: un diccionario, recopilaciones de relatos tradicionales, grabaciones de canciones y de habla cotidiana.
Recibió a lingüistas, a documentalistas y a periodistas de todo el mundo. Contó las mismas historias muchas veces, con paciencia, sabiendo exactamente para qué servía.
Gracias a eso el yagán no desapareció sin registro. Está documentado.
Mamihlapinatapai
Hay una palabra yagán que dio la vuelta al mundo: mamihlapinatapai.
Se suele traducir como esa mirada compartida entre dos personas que quieren algo, que ambas saben que la otra lo quiere, y en la que cada una espera que sea la otra la que dé el primer paso.
Llegó a figurar en listas de «la palabra más difícil de traducir del mundo». Conviene tomar esas versiones con calma: parte de la fama viene de traducciones libres y bastante románticas.
Pero el fondo es cierto y es lo interesante. Una lengua hablada por unos pocos cientos de personas, en el archipiélago más austral del planeta, tenía una palabra para un momento humano que en castellano necesita una frase entera.
Eso es exactamente lo que se pierde cuando muere un idioma. No vocabulario: maneras de ver.
Lo que no murió
Acá hay que ser muy claro, porque es el error que se repitió durante un siglo con los selk’nam y con los changos.
Murió la última hablante nativa. No murió el pueblo yagán.
Hay comunidad yagana viva y organizada en Villa Ukika y en Puerto Williams. Hay descendientes que reivindican su identidad, que administran territorio y que participan en la vida pública de Magallanes.
Y hay trabajo de revitalización: talleres, material didáctico y enseñanza de la lengua a niños y jóvenes a partir de los registros que Cristina Calderón ayudó a construir.
Una lengua sin hablantes nativos no es necesariamente una lengua muerta. Es una lengua que depende de que alguien decida volver a hablarla.
Lo que queda
Puerto Williams sigue ahí, al otro lado del canal Beagle, y Villa Ukika también.
Una mujer nacida en 1928 pasó las últimas dos décadas de su vida siendo la única persona en el mundo que pensaba en yagán.
Se aseguró de dejarlo escrito antes de irse.



