A doce kilómetros de San Pedro de Atacama hay una aldea entera enterrada. No la destruyó una guerra ni un terremoto. La tapó una duna, muy despacio, durante siglos.
Se llama Tulor. Y lo que la borró del mapa es exactamente lo que la conservó.

Una aldea de círculos
Tulor no se parece a nada de lo que uno espera de una ruina.
No hay líneas rectas. No hay calles. Son estructuras circulares de barro, unas pegadas a otras, conectadas entre sí por pasillos y vanos bajos. Vista desde arriba parece un panal, o un racimo.
Las paredes se levantaron con barro amasado, sin ladrillo y sin molde: capa sobre capa, dejando que cada una secara antes de poner la siguiente. Los techos eran de ramas y barro, sostenidos por horcones.
Cada círculo era una unidad: dormir, cocinar, guardar. Y todos juntos formaban una sola cosa, un organismo, más que un conjunto de casas separadas.
Cuándo
Se estima que Tulor estuvo habitada entre el año 800 antes de Cristo y el 500 después de Cristo aproximadamente. Es decir, más de mil años de ocupación continua.
Eso la convierte en uno de los asentamientos sedentarios más antiguos del norte de Chile. Cuando en Europa recién empezaba el imperio romano, en Tulor ya llevaban siglos viviendo en el mismo lugar.
Hacia el siglo V después de Cristo se detecta la influencia del estado de Tiwanaku, el gran poder del altiplano. Poco después, la aldea se abandona.

Por qué se fueron
No hay una respuesta única, pero el paisaje da la pista principal.
Tulor se levantó junto a un brazo del río San Pedro, en un sector con agua y vegetación. Con el tiempo, el curso del agua se movió y la arena avanzó. Vivir ahí dejó de tener sentido.
La gente se corrió hacia donde el agua siguió estando: hacia los ayllus que rodean el actual San Pedro de Atacama. No desaparecieron. Se mudaron.
La duna que la salvó
Durante siglos, la arena fue subiendo por los muros hasta cubrirlos por completo. Tulor quedó sellada.
Eso destruyó los techos y las partes altas. Pero protegió todo lo demás del viento, del sol y de las manos humanas. Cuando se excavó, apareció una planta arquitectónica completa: se puede caminar por el contorno de una aldea de hace dos mil años y entender exactamente dónde vivía cada quién.
El primer hallazgo lo hizo el sacerdote jesuita Gustavo Le Paige en 1956, el mismo que fundó el museo arqueológico de San Pedro. Las excavaciones sistemáticas llegaron después, en 1980, con la arqueóloga Ana María Barón.
Solo una parte del sitio está excavada. El resto sigue bajo la arena.
Cómo visitarla
Está a unos doce kilómetros de San Pedro de Atacama, dentro del ayllu de Coyo, y la administra la comunidad atacameña del sector.
Hay una réplica a tamaño real de una vivienda en la entrada, y eso conviene verlo antes que las ruinas: adentro se entiende de golpe la escala, la oscuridad y el frescor que buscaba esa arquitectura.
Un consejo: ir temprano. Al mediodía el sol vertical aplana todo y los círculos se pierden. Con luz de lado, la aldea aparece.
Dos mil años de gente viviendo en el mismo sitio, y una duna que se los tragó tan lento que alcanzaron a irse caminando.




